“Mario peluquero ,maquillador” De amor y de sombra Isabel Allende

P89254A.jpg

Las modelos iniciaban la jornada con cara de fastidio y pasaban las horas rezongando. Mario, el elegante y discreto peluquero siempre vestido de blanco,tenía la misión de transformarlas para cada foto. Lo secundaban dos ayudantes recién iniciados en la mariconería, que revoloteaban como luciérnagas a su alrededor. Francisco se ocupaba de las cámaras y las películas, esforzándose por mantener la serenidad si en algún registro le velaban el rollo arruinando el trabajo del día.Esa comparsa ambulante causaba algunos desajustes en la disciplina de la Academia,desquiciando a quienes no estaban habituados a ese espectáculo. Los soldados que no se excitaron con las reinas, lo hicieron con los ayudantes que les coqueteaban sin tregua,ante el sofoco del maestro peluquero. Mario no tenía humor para la chabacaneríay había superado hacía años cualquier tendencia a la promiscuidad.Pertenecía a la familia de once hijos de un minero del carbón. Nació y creció en un pueblo gris donde el polvillo de la mina cubría cuanto había con una impalpable y mortal pátina de fealdad y se pegaba en los pulmones de los habitantes convirtiéndolos en sombras de sí mismos. Estaba destinado a seguir los pasos de su padre, su abuelo y sus hermanos, pero no sentía fuerzas para arrastrarse en las entrañas de la tierra picando la roca viva, ni para enfrentar la rudeza de los trabajos mineros. Poseía dedos delicados y un espíritu inclinado a la fantasía, que le combatieron con duras azotainas,pero esos remedios drásticos no curaron sus modales afeminados ni torcieron el rumbo de su naturaleza. El niño aprovechaba cualquier descuido para complacerse en goces solitarios que provocaban la burla despiadada de su medio, juntaba piedras de río para pulirlas por el placer de ver brillar sus colores; recorría el triste paisaje buscando hojas secas para arreglarlas en artísticas composiciones; se conmovía hasta las lágrimas ante una puesta de sol, deseando inmovilizarla para siempre en una frase poética o en una pintura que podía imaginar, pero se sentía incapaz de realizar. Sólo su madre aceptaba esas rarezas sin ver en ellas signos de perversión, sino la evidencia de un alma diferente. Para salvarlo de las inmisericordes palizas de su padre, lo llevó a la parroquia como ayudante del sacristán, con la esperanza de disimular su dulzura de mujer entre los pollerines de la misa y las ofrendas de incienso. Pero el niño olvidaba los latinajos, distraído con las partículas doradas flotando en el haz de luz de los ventanales.El cura pasó por alto estas divagaciones y le enseñó aritmética, a leer y escribir y algunos rudimentos indispensables de cultura. A los quince años conocía prácticamente de memoria los escasos libros de la sacristía y otros prestados por el turco del almacén con el fin de atraerlo a su trastienda y revelarle los mecanismos del placer entre varones. Cuando su padre se enteró de estas visitas, lo llevó de viva fuerza al prostíbulo del campamento acompañado por sus dos hermanos mayores. Esperaron turno junto a una docena de hombres impacientes por gastar su salario del viernes.Sólo Mario percibió las cortinas inmundas y desteñidas, el olor de orines y creolina el aire de infinito abandono de aquel lugar. Sólo él se conmovió ante la tristeza de esas mujeres agotadas por el uso y la carencia de amor. Amenazado por sus hermanos intentó comportarse como un macho con la prostituta que le tocó en suerte pero a ella le bastó una mirada para adivinar que a ese muchacho lo aguardaba una vida de escarnio y soledad. Sintió compasión al verlo temblar de repugnancia a la vista de sus carnes desnudas y pidió los dejaran a solas para realizar su trabajo en paz. Cuando los otros salieron cerró la puerta con pestillo, se sentó a su lado sobre la cama y le tomóla mano.

—Esto no se puede hacer a la fuerza —dijo a Mario que lloraba aterrado—. Andate lejos,hijo, donde nadie te conozca porque aquí acabarán matándote.

En toda su vida no recibió mejor consejo. Se secó el llanto y prometió no volver a verterlo por una hombría que en el fondo no deseaba.

—Si no te enamoras, puedes llegar lejos— se despidió la mujer después de tranquilizar al padre, salvando así al muchacho de una zurra más.

Esa noche Mario habló con su madre y le contó lo sucedido.Ella buscó en lo más profundo de su armario, sustrajo un atadito de billetes arrugados y lo puso en la mano de su hijo. Con ese dinero él tomó un tren a la capital, donde consiguió emplearse haciendo el aseo en una peluquería a cambio de la comida y un jergón para pasar la noche en el mismo local. Estaba deslumbrado. No imaginaba la existencia de un mundo así: tonos claros, perfumes delicados, voces risueñas, frivolidad,calor, ocio. Miraba en los espejos las manos de las profesionales sobre las cabelleras y se maravillaba.

Aprendió a conocer el alma femenina viendo a las mujeres sin tapujos. En las noches,al quedar solo en el salón, ensayaba peinados con las pelucas y probaba sombras,polvos, lápices en su propia cara para adiestrarse en el arte del maquillaje y así descubrió cómo mejorar un rostro mediante colores y pinceles. Pronto le permitieron ensayar con algunas clientes nuevas y a los pocos meses cortaba el cabello como nadie y las damas más exigentes reclamaban sus servicios. Era capaz de transformar a una mujer de aspecto insignificante, valiéndose del marco de un pelo vaporoso y el artificio de los cosméticos sabiamente aplicados, pero, sobre todo, podía dar a cada una la certeza de su atractivo, porque en última instancia la hermosura no es sino una actitud.

Empezó a estudiar sin tregua y a practicar con audacia, ayudado por un instinto infalible capaz de conducirlo siempre a la mejor solución. Era solicitado por novias,modelos,actrices y embajadoras de ultramar. Algunas señoras ricas e influyentes de la ciudad abrieron sus casas para él y por primera vez el hijo del minero puso el pie sobre alfombras persas, bebió té en porcelana transparente y apreció el brillo de la plata labrada, las maderas pulidas, los delicados cristales. Con rapidez aprendió a distinguir los objetos de verdadero valor y decidió que no se conformaría con menos,porque su espíritu sufría con cualquier forma de vulgaridad. Al internarse en el círculo del arte y la cultura supo que no podría retroceder jamás. Dejó en libertad su caudal creativo y su visión para los negocios y en pocos años era el dueño del salón de belleza más prestigioso de la capital y de una pequeña tienda de antigüedades, pantalla de tráficos discretos. Se convirtió en experto en obras de arte, muebles finos, artículos de lujo, consultado por la gente de mejor posición.Siempre estaba ocupado y de prisa, pero nunca olvidó que la primera oportunidad paratriunfar se la brindó la revista donde trabajaba Irene Beltrán, por eso cuando lo reclamaban para un desfile o reportaje de moda y belleza, abandonaba sus otras labores y se presentaba equipado con su célebre maletín de las transformaciones donde guardaba los elementos de su trabajo. Llegó a tener tanta influencia que en las grandes fiestas de sociedad las damas más atrevidas maquilladas por él, lucían con orgullo su firma en la mejilla izquierda como un tatuaje de beduina.

Cuando conoció a Francisco Leal, Mario era un hombre de edad mediana, con nariz fina y recta fruto de una operación plástica, delgado y erguido a fuerza de dietas, ejercicios y masajes, bronceado con luz ultravioleta, impecablemente vestido con la mejor ropa inglesa e italiana, culto, refinado y famoso. Se movía en ambientes exclusivos y con el pretexto de adquirir antigüedades viajaba a remotas regiones. Vivía como un aristócrata, pero no repudiaba sus modestos orígenes y siempre que se presentaba la ocasión de hablar de su pasado en el pueblo minero, lo hacía con altura y buen humor.Esa sencillez captaba la simpatía de quienes no le hubieran perdonado fingir una alcurnia inexistente. En el medio más cerrado, al cual sólo se accedía por apellidos linajudos o mucho dinero, él se impuso con su gusto exquisito y su capacidad de relacionarse con la gente adecuada. Ninguna reunión importante se consideraba un éxito sin su presencia. Jamás regresó a la casa familiar ni volvió a ver a su padre o sus hermanos,pero todos los meses enviaba un cheque a su madre para proporcionarle cierto bienestar y ayudar a sus hermanas a estudiar una profesión, instalar un negocio o casarse con una dote. Sus inclinaciones sentimentales eran discretas, sin estridencias,como todo en su vida. Cuando Irene le presentó a Francisco Leal, sólo un brillo leve en sus pupilas delató su impresión. Ella lo notó y después bromeaba con su amigo diciéndole que se cuidara de los avances del peluquero si no quería terminar con un zarcillo en la oreja y hablando con voz de soprano. Dos semanas después estaban en el estudio trabajando con los nuevos maquillajes de la temporada, cuando apareció el capitán Gustavo Morante en busca de Irene. Al ver a Mario cambió la expresión de su rostro. El oficial sentía un repudio violento por los afeminados y le molestaba que su novia se moviera en un medio donde se rozaba con quienes calificaba de degenerados. Abstraído pegando escarcha dorada en los pómulos de una hermosa modelo, a Mario le falló su instinto para captar el rechazo ajeno y con una sonrisa tendió la mano al Capitán. Gustavo cruzó los brazos sobre el pecho mirándolo con infinito desprecio y le dijo que él no se involucraba con maricones. Un silencio glacial reinó en el estudio. Irene, los ayudantes, las modelos, todos quedaron suspendidos en el desconcierto. Mario palideció y una sombra desolada pareció velar sus pupilas. Entonces Francisco Leal dejó la cámara, avanzó con lentitud y colocó una mano sobre el hombro del peluquero. —¿Sabe por qué no quiere tocarlo, Capitán? Porque usted teme sus propios sentimientos. Tal vez en la ruda camaradería de sus cuarteles hay mucha homosexualidad— dijo en su habitual tono pausado y amable. Antes que Gustavo Morante alcanzara a darse cuenta de la gravedad de la afirmación y reaccionar de acuerdo a sus antecedentes, Irene se interpuso tomando a su novio del brazo y arrastrándolo fuera de la sala. Mario nunca olvidó ese incidente. A los pocos días invitó a Francisco a cenar. Vivía en el último piso de un edificio de lujo. Su departamento estaba decorado en blanco y negro, en un estilo sobrio, moderno, original. Entre las líneas geométricas del acero y el cristal, había tres o cuatro muebles barrocos muy antiguos y tapices de seda china. Sobre la mullida alfombra que cubría parte del piso ronroneaban dos gatos de Angora y cerca de la chimenea encendida con leños de espino dormitaba un perro negro y lustroso. Adoro los animales, dijo Mario al darle la bienvenida, Francisco vio un balde de plata con hielo donde se enfriaba una botella de champaña junto a dos copas, notó la suave penumbra, olió el aroma de la madera y el incienso quemándose en un pebetero de bronce, escuchó el jazz en los parlantes y comprendió que era el único invitado. Por un instante tuvo la tentación de dar media vuelta y salir, para no alentar ninguna esperanza en su anfitrión, pero luego predominó el deseo de no herirlo y de ganar su amistad. Se miraron a los ojos y lo invadió una mezcla de compasión y simpatía. Francisco buscó entre sus mejores sentimientos el más adecuado para brindar a ese hombre que le ofrecía su amor con timidez. Se sentó a su lado sobre el sofá de seda cruda y aceptó la copa de champaña apelando a su experiencia profesional para navegar en esas aguas desconocidas sin cometer un desatino. Fue una noche inolvidable para ambos. Mario le contó su vida y en la forma más delicada insinuó la pasión que se estaba instalando en su alma. Presentía una negativa, pero estaba demasiado conmovido para callar sus emociones, porque nunca antes un hombre lo había cautivado de ese modo. Francisco combinaba la fuerza y la seguridad viriles con la rara cualidad de la dulzura. Para Mario no era fácil enamorarse y desconfiaba de los arrebatos tumultosos, causantes en el pasado de tantos sinsabores, pero en esta oportunidad estaba dispuesto a jugarse entero. Francisco también habló de sí mismo y sin necesidad de expresarlo abiertamente, le dio a entender la posibilidad de compartir una sólida y profunda amistad, pero jamás un amor. A lo largo de esa noche descubrieron intereses comunes, se rieron, escucharon música y bebieron toda la botella de champaña. En un arrebato de confianza prohibido por las más elementales normas de prudencia, Mario habló de su horror por la dictadura y su voluntad para combatirla. Su nuevo amigo, capaz de descubrir la verdad en los ojos ajenos, le contó entonces su secreto. Al despedirse, poco antes del toque de queda, se estrecharon las manos con firmeza, sellando así un pacto solidario. A partir de esa cena, Mario y Francisco no sólo compartieron el trabajo en la revista, sino también la acción furtiva. El peluquero no volvió a insinuar ninguna inquietud que empañara la camaradería. Tenía una actitud transparente y Francisco llegó a dudar de que hablara como lo hizo esa noche memorable. Irene se integró al pequeño grupo, aunque la dejaron al margen de toda labor clandestina, porque pertenecía por nacimiento y educación al bando contrario, nunca manifestó inclinaciones por la política y además era la novia de un militar. Ese día en la Academia de Guerra a Mario se le agotó la tolerancia. A las medidas de seguridad, el calor y el mal humor colectivo, se sumaban los contorneos de sus dos ayudantes ante la tropa. —Los despediré, Francisco. Estos dos idiotas no tienen clase ni sabrán adquirirla. Debí echarlos a la calle cuando los sorprendí abrazados en el baño de la editorial.

He vuelto ha tener una historia de Isabel Allende , es tan apasionante leerla ,así que decidí compartir con vosotros este trocito donde aparece Mario el peluquero y maquillador, basada en echos reales.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s